—Pero me la dieron a mí —protestó el chico.
—Sé que existe. Pero no te voy a decir cómo. Porque la libertad también es entender para qué son las cosas. Esa tableta es para aprender. Si la llenas de juegos, no te servirá para lo único que realmente puede cambiarte la vida. Si quieres instalar otras cosas, consigue tu propia tableta. Esa... es prestada. —Pero me la dieron a mí —protestó el chico
—Te la dieron para estudiar. Mira —don Joaquín navegó hasta el menú de configuración, donde aparecía un candado con la leyenda “Modo Kiosco”. Un software de control parental blindado, con certificados digitales que solo permitían ejecutar aplicaciones firmadas por el ministerio de educación. Porque la libertad también es entender para qué
El chico bajó la mirada. No estaba contento, pero algo en las palabras del viejo le quedó dando vueltas. Al salir del taller, el sol seguía entrando a rachas, pero él ya no miraba la tableta como una jaula. La miraba como una herramienta. Y quizá, por primera vez, entendía por qué no podía instalar lo que quisiera. No era un error. Era un límite con historia, con propósito... y con una puerta secreta que nadie le abriría hasta que aprendiera a usarla bien. Si quieres instalar otras cosas, consigue tu propia tableta
Don Joaquín asintió. No era la primera vez que veía una de esas. La tableta, blanca y robusta, tenía un propósito claro: ser una herramienta educativa, no una de entretenimiento. Pero el chico insistía, quería ponerle juegos, redes sociales, un navegador que no estuviera vigilado.
—Mira, muchacho —dijo, bajando la voz—, técnicamente no puedes porque el sistema está cerrado. Pero... —tomó un destornillador diminuto— hay historias que nadie te cuenta. Dicen que ciertos técnicos del gobierno dejaron una puerta trasera por si alguna vez las tablets se convertían en ladrillos inútiles. Una secuencia de toques en la esquina superior izquierda, y el Modo Kiosco se desactiva por diez minutos. Justo lo necesario para instalar lo que quieras.
El chico abrió los ojos como platos.