Esa noche, Kabul no tuvo electricidad. Pero en la azotea de los Nurullah, bajo las estrellas que los talibanes no podían prohibir, Parvana partió en siete pedazos el último pan de la guerra.
—Si no comemos, morimos —dijo Parvana una mañana, mirando el cadáver de una paloma en la calle. el pan de la guerra rincon del vago
Su padre apareció una mañana, encorvado, con la barba gris y una cojera eterna. Al ver a Parvana con pantalones de hombre, no dijo nada. Solo extendió la mano y le devolvió un pañuelo bordado que había escondido en la mezquita. Esa noche, Kabul no tuvo electricidad